Desesperando
15 de febrero de 2007
Ya era hora, me digo mentalmente viéndola venir. Ha sido una larga hora de espera, pero ha merecido la pena. Solo tengo que mirarte para darme cuenta de lo especialmente arreglada que llegas. Y que bien hueles, cierro los ojos y nos imagino desnudos en tu cama.
Para matar el tiempo he estado observando a las otras personas que esperan o desesperan. La misma escena se repite en cada ciudad, en cada rincón, en esos puntos tópicos típicos donde todo el mundo queda, ese punto de reunión donde empiezan miles de historias. La esquina de esos grandes almacenes, al pie de ese famoso monumento, a la salida de la boca del metro. Qué más da. Lo importante en encontrarnos. Aunque es curioso que cuando más nos encontramos es cuando estamos solos, esperando. En el momento que llegan las personas esperadas, dejamos nuestra introspección y nos ponemos la máscara social, dejando de investigar nuestro interior.
Como cambia la cara de las personas que están a punto de reunirse, tanto de quien espera como de quien viene llegando. Algunos pidiendo perdón por el retraso o por llegar antes de tiempo. ¿Qué me importa a que hora llegues mientras llegues? Y tú ya estás aquí. La mujer que he esperado toda mi vida. Te miro llegar y mi corazón late más deprisa. Disfrutando cada segundo que pasa y me deja más cerca de ti.
Un metro, cincuenta centímetros, un palmo. Ya era hora. Qué lástima que hayas decidido compartir tu vida actual con él en lugar de conmigo. Veo con envidia como se ilumina vuestra sonrisa y os besáis. Imagino que es a mi a quien besas mientras os vais juntos, cogidos de la mano, a compartir vuestro tiempo.
Ya era hora, me digo mentalmente cuando apareces doblando la esquina, resuelta, caminando alegremente. ¿Serás tú la mujer de mi vida? Aquí sigo esperándote...
Para matar el tiempo he estado observando a las otras personas que esperan o desesperan. La misma escena se repite en cada ciudad, en cada rincón, en esos puntos tópicos típicos donde todo el mundo queda, ese punto de reunión donde empiezan miles de historias. La esquina de esos grandes almacenes, al pie de ese famoso monumento, a la salida de la boca del metro. Qué más da. Lo importante en encontrarnos. Aunque es curioso que cuando más nos encontramos es cuando estamos solos, esperando. En el momento que llegan las personas esperadas, dejamos nuestra introspección y nos ponemos la máscara social, dejando de investigar nuestro interior.
Como cambia la cara de las personas que están a punto de reunirse, tanto de quien espera como de quien viene llegando. Algunos pidiendo perdón por el retraso o por llegar antes de tiempo. ¿Qué me importa a que hora llegues mientras llegues? Y tú ya estás aquí. La mujer que he esperado toda mi vida. Te miro llegar y mi corazón late más deprisa. Disfrutando cada segundo que pasa y me deja más cerca de ti.
Un metro, cincuenta centímetros, un palmo. Ya era hora. Qué lástima que hayas decidido compartir tu vida actual con él en lugar de conmigo. Veo con envidia como se ilumina vuestra sonrisa y os besáis. Imagino que es a mi a quien besas mientras os vais juntos, cogidos de la mano, a compartir vuestro tiempo.
Ya era hora, me digo mentalmente cuando apareces doblando la esquina, resuelta, caminando alegremente. ¿Serás tú la mujer de mi vida? Aquí sigo esperándote...

